Me doy
permiso para separarme de personas que me traten con brusquedad, presiones o
violencia, de las que me ignoran, me niegan un beso, un abrazo...
Las
personas bruscas o violentas quedan ya, desde este mismo momento fuera de mi
vida.
Decido
abandonar los miedos conocidos y me arriesgo a explorar las aventuras por
conocer. Más vale lo bueno que ya he ido conociendo y lo mejor que aún está por
conocer. Voy a explorar sin angustia.
Me doy
permiso para no agotarme intentando ser una persona excelente. No soy perfecto,
nadie es perfecto y la perfección es opresora. Me permito rechazar las ideas
que me inculcaron en la infancia intentando que me amoldara a los esquemas
ajenos, intentando obligarme a ser perfecta: un hombre sin fisuras, rígidamente
irreprochable. Es decir: inhumano.
Asumo
plenamente mi derecho a defenderme, a rechazar la hostilidad ajena, a no ser
tan correcto como quieren; y asumo mi derecho a ponerles límites y barreras a
algunas personas sin sentirme culpable.
Me doy
permiso para no estar esperando alabanzas, manifestaciones de ternura o la
valoración de los otros.
Me
permito no sufrir angustia esperando una llamada de teléfono, una palabra
amable o un gesto de consideración.
Me afirmo
como una persona no adicta a la angustia.
Soy yo
quien me valoro, me acepto y me aprecio. No espero a que vengan esas
consideraciones desde el exterior.
Y no
espero encerrado o recluido ni en casa, ni en un pequeño círculo de personas de
las que depender.
Me doy
permiso para ser inmune a los elogios o alabanzas desmesurados: las personas
que se exceden en consideración resultan abrumadoras. Y dan tanto porque
quieren recibir mucho más a cambio.
Me
permito estar tal como me sienta bien conmigo mismo y no como me ordenan las
costumbres y los que me rodean: lo “normal” y lo “anormal” en mis estados
emocionales lo establezco yo.


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