La última vez que cambié supe que tenía que aprender durante esta
época. Que había que hacerse cargo de que algo andaba mal. Que debía
saber que cada uno vive la realidad que se crea. Por eso digo, la última
vez que cambié, cambiaron los valores. Necesitaba acomodarlos.
Interactuarlos un poco. Volver a pensarlos. Hacer una renovación
impecable en la lista desplegable de mis paradigmas superficiales.
Entonces, comencé a revertirme. Me dije que ser abogada,
definitivamente, no es lo primero. Que tener reconocimiento no vale
tanto. Que hacer lo que mi ego demanda no sirve para nada. Que evitar
escucharme, sólo me aplasta. Que el egoísmo, tan enorme, escondió a mi
mejor versión abajo de la cama.
Así que para eso estoy. No me voy a cansar de repetirlo. Cambié para
aprender a valorar el amor como es. Y punto. Con su inevitabilidad
desgarradora. Con su desesperación silenciosa. Con su muerte aceptable.
Pero hace rato que cambié tanto como un milagro. Algún día, espero, el
otro también cambie, me vea, nos encontremos y llegue a notarlo.
Incluso desde lejos.


No hay comentarios:
Publicar un comentario