Aprendí a ser amable con quien realmente demuestra que le importo. Aprendí a no esperar nada de nadie, sólo a dar.
El sufrimiento se genera cuando espero de los demás lo que mis expectativas anhelan, lo que mis carencias personales reclaman.
También aprendí que no hay mejor alimento que el amor desinteresado y que darlo es mucho más gratificante que recibirlo.
Aprendí a dar lo que me nace dar a quien me nace hacerlo, sin dejar de ser amable con aquellos a quienes le importo, incluso cuando por alguna razón, no me agradan. De las personas que no me agradan aprendí que al romper esquemas e intentar conocerles mejor, resultaron convirtiéndose en personas que hoy estimo igual o más que ellos a mi y que las que cosas que me molestaban de ellos eran cosas que no toleraba o aceptaba de mi misma.
Aprendí también que es mejor decirle a alguien que lo quiero en lugar de vivir soñando con su amor, pues nada es peor que la incertidumbre. De igual manera aprendí a no jugar con los sentimientos de nadie pues puedo causar mucho dolor al darle alas a alguien a quien no podría corresponder de igual manera.
Aprendí que se puede ser más feliz cuando me pongo en el lugar de los demás, cuando un problema lo analizo desde todas las perspectivas y no sólo desde la mía. Aprendí a preocuparme menos y aprovechar más el tiempo que me queda por vivir y sobretodo, aprendí a compartirlo con quienes quiero.
Mira hoy a tu alrededor, tienes más amor del que imaginas.


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